El matiz secreto de Fortuny

El poder, discreto pero irrebatible, de hacer surgir deseo. Deseo de ir, estar, sentir, cada lugar que pinta. Sentirse pintura en cada lugar, formar parte de lo ya perteneciente a su mirada, a su memoria, a su creación. A sus pinceles tan finos, precisos e incognoscibles. La pintura de Mariano Fortuny (Reus, 1938–Roma, 1874), no demasiado conocido pese a ser considerado uno de nuestros pintores más importantes del siglo XIX a nivel internacional, tiene en sí la capacidad de cubrir con magia lo representado. Ya se trate de un retrato, un paisaje o un rápido boceto de un enclave extranjero, el realismo de su arte se complementa y embriaga de un algo indescifrable que convierte cada óleo o acuarela en un rincón fascinante donde uno desearía poder colarse. Un instante perdido en el tiempo que él hace permanecer con vida, y que parece ocultar siempre un hermoso secreto.

Fortuny
«Un marroquí» (1869).

Su clasicismo, su realismo y su elegancia conquistan con facilidad los espíritus –de cualquier edad– acostumbrados (o amantes) a la rigurosidad de la pintura tradicional, «académica». Pero la pintura de Fortuny no es únicamente una pintura técnicamente bien hecha, extraordinariamente elaborada; lo cual en sí mismo, por supuesto, es de valorar y admirar. Lo que hace que sus acuarelas, dibujos y grabados no sean algo bonito e interesante, sino bello y fascinante, es esa asombrosa habilidad, nacida sin duda de un talento innato, de dar expresión y vida a sus obras. De nada, o de muy poco, sirve que un lienzo se llene de líneas perfectamente trazadas si su resultado nada mueve, nada transmite, nada con-mueve; a quien lo observa. Algo del corazón debe quedarse impregnado en el cuadro.

La pintura de Fortuny: un instante perdido en el tiempo que él hace permanecer con vida, y que parece ocultar siempre un hermoso secreto.

Por eso Fortuny (1838-1874), la exposición monográfica que le dedica el Museo Nacional del Prado, es una recomendación abierta tanto a quienes a priori saben que disfrutarán de ella como, sobre todo, a los más reticentes a lo «clásico», quienes a posteriori con seguridad reconocerán haber acertado al acudir. Fortuny enriquece la mirada y satisface el anhelo de belleza que siempre buscamos, especialmente en el arte, y lo hace desde múltiples técnicas que la exposición ha organizado resaltando, cronológicamente, sus etapas y motivos esenciales: desde La formación en Roma (1858-1861) se viaja a África y el descubrimiento de la pintura (1860 y 1862), se alternan las influencias Entre España e Italia (1863-1868), se conmemoran a Los maestros antiguos y el Prado (1866-1868), se logra El triunfo internacional (1868-1870) o se busca –y encuentra– refugio y silencio en Granada (1870-1872).

Tres retratos de Mariano Fortuny, uno al óleo (de Federico de Madrazo, quien sería su suegro), otro en fotografía (por Filippo Belli) y otro en busto (por Vincenzo Gemito), el itinerario hace contemplar espléndidos dibujos de su etapa académica como Joven desnudo de perfil meditando con escultura(1861/62), Il contino (1861) o la magnífica Odalisca (1861), que tanto por nombre como por ambiente nos evoca irremediablemente a Ingres. Todos estos primeros atisbos del que pocos años después sería el gran Fortuny ya constituyen buenos ejemplos de la delicada y tenaz minuciosidad que tanto caracterizan su obra, y que en parte se deben a la formación con el platero y orfebre miniaturista Antoni Bassa, con quien Mariano, pronto huérfano, convivió y trabajó de niño.

Fortuny
«Ayuntamiento viejo de Granada» (1871-73).

Marruecos, protagonista de la muestra, fue su antes y después. No fue un movimiento que saliera de sí, de su impulso o necesidad creativa –recibió el encargo, por parte de la Diputación de Barcelona, de viajar como «reportero gráfico» para documentar la guerra hispano-marroquí–, pero allí, «el descubrimiento de los espacios desnudos, la luz intensa y el color brillante produjeron un cambio radical en su pintura». Y la terminaron de moldear, definir y alzar. Preciosos paisajes panorámicos que realizaba como fondo para las escenas bélicas, como Vista de Tetuán (1860), o grandes obras como La batalla de Wad-Ras (1860-61) nos enseñan un Fortuny extasiado de colores y brumas en cuya recreación, desde la mirada de hoy, parece hacerse un guiño a los storyboards del cine o el cómic.

Marruecos fue su antes y después. Terminó de moldear, definir y alzar su pintura, su voz.

La esencia que del norte de África recogió e hizo suya le acompañó, ya de forma inseparable, a lo largo de su breve pero intensa y fructífera carrera. Emotivos grabados como Árabe velando el cadáver de su amigo (1866) o pinturas como Calle de Tánger (1869), El fumador de opio (1869) o María Luisa en el jardín de la casa Fortuny (1862) conforman así una estela de la luminosidad y los detalles decorativos que trajo su memoria de los días en Marruecos. Granada, desde su discreta luz, fue el otro lugar que sirvió de manantial humano y artístico a Fortuny, ciudad a la que «huyó» agobiado por su gran éxito. Considerada por él mismo como la etapa más feliz de su vida, en las pinturas y acuarelas de estos años se aprecia, comprobando sus palabras, un aire relajado, armonioso y noble en las arquitecturas y seres que pueblan su Granada. «Se pasaba las horas muertas en las espléndidas tarbeas de los reyes nazaritas –cuenta Pedro de Madrazo–: allí meditaba y recogía ideas, a las que su pincel daba luego seductoras formas». La carrera del Dardo (1870-71), Ayuntamiento viejo de Granada (1871-73), Vendedora de verduras (1872) o Viejo desnudo al sol (1871), de clara influencia riberiana, son algunos ejemplos de ello.

Fortuny
«Cecilia de Madrazo» (1874).

En su propósito de mostrar una imagen completa de Fortuny, y aprovechando la identidad de su emplazamiento, la exposición, además de a su interesante faceta como coleccionista, dedica también una sala al diálogo que el pintor catalán mantuvo con los grandes maestros del Prado: copias del Marte y el Inocencio X de Velázquez –considerada por Fortuny esta segunda como la mejor pintura de todos los tiempos– o detalles de La familia de Carlos IV de Goya o San Andrés de Ribera fueron asiduos ejercicios de admiración y aprendizaje que Fortuny, formado «a la italiana», escogió como un rico complemento a su educación artística. Muchas de las copias las guardó en su atelier, que tras su repentina y pronta muerte –suceso que produjo una gran conmoción– se vendieron y custodiaron con gran agilidad.

Fue muy alto y muy valioso el vuelo de Mariano Fortuny, cuyo trayecto natural, sin embargo, se vio ligeramente modificado por las exigencias e intereses comerciales que su propio éxito produjo. Gran contraste hay entre suntuosas obras como La vicaría (1868-70) e intimistas creaciones como Los hijos del pintor en el salón japonés (1874); muy distintas en cuanto a sentimiento pero ambas de excelente producción y, como es sello personal, dotadas de una vida mágica, como venida de un mundo fantástico que no compite con lo real, sino que se suma, se une, se fusiona con ello. Por eso cada obra suya, sea su contenido del material y rostro que sea, evocará siempre una música lejana cautivadora y el deseo de formar parte, aunque fuera solo durante unos instantes, de ella.

Fortuny«Los hijos del pintor en el salón japonés» (1874).


Fortuny (1838-1874)

Museo Nacional del Prado

Paseo del Prado s/n, Madrid

Hasta el 18 de marzo de 2017

De lunes a sábado, de 10:00 a 20:00 horas. Domingos y festivos, de 10:00 a 19:00 horas

Sitio web

#ExpoFortuny


Artículo publicado en diciembre de 2017 en El Debate de Hoy y Hombre en camino.