Picasso/Lautrec. Infelicidad embriagada de esperanza

Desarrapados, letraheridos. Orgullosos indefensos frente a lo civilizado, lo recto y lo propio. Vorágine de sueños ilusorios y sedentarios, habitantes de lo perdido. Sus risas se escuchan al otro lado de la capa de óleo, sus llantos, mudos, se escurren tras la acuosa acuarela. Sus miradas absortas, lánguidas, atraviesan la curiosidad de quienes, a lo largo de las salas, con artística inquietud y humana mofa les observan. A ellos y ellas, hombres que beben, mujeres que bailan, rostros sin nombre que en círculos giran buscándose. A ellos y ellas, criaturas del iluminado subsuelo que fascinaron, entre otros muchos, a Pablo Picasso (1881-1973) y a Henri de Toulouse-Lautrec (1864-1901).

Fusionando su misma admiración hacia el parisino mundo marginal, y sus distintos modos de expresarla, la recomendable exposición Picasso/Lautrec del Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid plantea un atractivo diálogo entre dos grandes artistas de finales del siglo XIX y del siglo XX: Lautrec, amante de las almas perdidas y sus sombras, se caracterizó por una ágil y melancólica modernidad expresiva, reflejada a través tanto de la pintura como del cartelismo, que influyó a contemporáneos y sucesores. Uno de ellos, Picasso, «le tomó prestadas diversas fórmulas para adaptarlas a su propia sintaxis. Los elementos mórbidos y decadentes de la temática de sus obras y el atrevido lenguaje que tendía a la síntesis y a la caricatura serían decisivos para el pintor español».

Hombres que beben, mujeres que bailan, rostros sin nombre que en círculos giran buscándose.

La espera (Margot) · Picasso · 1901

Más de cien obras recorren las secciones Bohemios, Bajos fondos, Vagabundos, Ellas y Eros recóndito, a las cuales al visitante, aunque acuda meramente informado sobre qué va a encontrarse, se le entrega a los cuadros como a los leones en el circo romano; sin ningún tipo de texto introductorio o mínimo prólogo, como sí se observa, de forma breve, en las sucesivas salas al inicio de cada bloque temático. Una entrada «de sopetón» al vaivén de rostros inhóspitos al que poco a poco se va penetrando, al que poco a poco los sentidos se van acostumbrando, bajo tenues bombillas de cafés y cabarets y el rasgueo de lápiz en dibujos veloces, presos de la imprevisible inspiración, como el Autorretrato de Lautrec (1893), el Jardín de París de Picasso (1901) o el bello instante de En el circo: la llamada a escena (1899) del francés. Entre ellos, óleos como Los clientes de Picasso (1901), En un reservado (En el Rat Mort) de Lautrec (1899) o el famoso La espera (Margot) del malagueño (1901) nos evocan a los interiores teatrales de Degas o a los nocturnos de Van Gogh, haciéndose así de cada detalle, de cada reminiscencia y punto de vista, toda una reconstrucción de la poética y desgarrada bohemia del momento que tanto atrajo, por oficio y por alma, a sus artistas.

La comida frugal · Lautrec · 1904

Cualquiera de los personajes que desde su ensimismamiento protagoniza estos cuadros, o en un rincón de ellos se halla, como colándose entre el arte y la vida, bien podría ser dueño de estos versos que Juan Manuel de Prada, en su novela Las máscaras del héroe, pone en boca de un bucólico poeta: «Aunque sufra del mundo los desdenes / de mi vida de artista en la carrera; […] aunque el mundo me insulte y desprecie / y por loco quizás también me crean…». Bien pícaros, como el Aristide Bruant en su cabaret de Lautrec (1893), bien profundamente emocionales, como El almuerzo del pobre de Picasso (1903-1904) o La comida frugal de Lautrec (1904), o bien enigmáticos y oscuros como el potente Los hockeys, también de este último (1882); el equilibrio entre el deseo y la imposibilidad, la diversión fugaz y el desencanto rodean a todas estas obras de una magia única, muy característica de la época y que, expuesta en modo de simbiosis, compara con acierto temático y estético el semejante pero inconfundible estilo de ambos pintores.

La mujer, que en todas las secciones tiene especial relevancia, centra aún más las miradas en las dos últimas, dedicadas enteramente a ella. Las pinturas sobre la misteriosa pelirroja de Lautrec, por ejemplo, son de las más esperadas de esta exposición: la mirada alerta de huidizo ciervo en La pelirroja en el jardín de Forest (1889), el desafiante gesto de En Batignolles (1888), la introspectiva La pelirroja en blusa blanca (1889) o La pelirroja (el baño) (1889) –reviviendo el clásico y hermoso motivo de la mujer en la intimidad del aseo, como ya hicieron Ingres, Degas, Bonnard, Puy o Casas–  o, también, Jeanne (mujer tumbada) de Picasso (1901) nos conducen al silencio y el sosiego tras el frenético ritmo de las anteriores escenas de fiesta, música y anhelos que vibran en voz alta. Así, esta muestra se convierte en una unión, con Picasso y Lautrec como puentes, entre el afuera y el adentro de un sentimiento desorientado, delicado y, en ocasiones, mordaz. La salvaje incertidumbre de la infelicidad embriagada de esperanza.

Jeanne (mujer tumbada) · Picasso · 1901


Picasso/Lautrec

Museo Thyssen-Bornemisza

Paseo del Prado 8, Madrid

Hasta el 21 de enero de 2018

De martes a domingo, de 10:00 a 19:00 horas. Sábados hasta las 21:00 horas

Entrada: 12 € (reducida 8 €)

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Artículo publicado el 3 de diciembre en el periódico digital El Debate de Hoy.